¡Mickey Mouse es un asesino!
En la Escuela de Hechicería no solemos consultar las noticias del exterior, sobretodo porque el exterior carece de importancia aquí dentro. Y además llegan con un tremendo retraso. Por ejemplo, esta mañana, revisando las últimas entradas en la consola, hemos leído que políticos alemanes han pedido que se prohiba en toda Europa la insignia nazi después de que el príncipe Enrique de Inglaterra vistiese un brazalete con la esvástica e insignias reales nazis en una fiesta de disfraces.
Toda Europa ha sufrido en algún momento bajo los crímenes nazis, por lo que tiene sentido prohibir los símbolosnazis en toda Europa, ha sostenido Silvana Koch-Merin, portavoz de los Liberales del Parlamento Europeo, en unas declaraciones recogidas el sábado por el periódico alemán Bild am Sonntag.
Esta noticia nos ha recordado la enseñanzas de Paul Molina. Si seguimos el razonamiento botarate de la portavoz de los Liberales, también habría que prohibir la cruz cristiana. Cientos de millones de cristianos decoran sus casas y adornan sus cuerpos con la copia de un símbolo que causó una agonía de una crueldad inimaginable a personas que eran una molestia para los políticos romanos, como los homosexuales y los judíos eran una molestia para los nazis. ¡Y todavía podemos ir más lejos! Mickey Mouse es un ratón, simboliza a un roedor. Ni los cocodrilos del Nilo, ni los tigres, ni las serpientes venenosas, ni los leones, ni los tiburones… toda esa fauna resulta casi angelical en comparación con las ratas y los ratones, que pueden transmitir al hombre más de una veintena de agentes patógenos. En el último milenio, estas pequeñas criaturas han matado a más personas que todas las guerras juntas. Y, sin embargo, Mickey Mouse es el icono de una factoría de dibujos animados melifluos, almibarados y blandengues, y mucha gente lo adora. Es como si un dibujo animado de Adolf Hitler se convirtiera en el logotipo de una caja de cereales infantiles; y con 88 códigos de barras se regalara el llavero de una esvástica (o el Mein Kampft, que también es ilegal su distribución en Alemania).
Poco después, debido a la presión pública de cristianos que acuden en masa a ver el último estreno de Disney, el príncipe pidió perdón por su grave error a través de un comunicado. Ya no lucirá más ese símbolo, que por cierto es hindú.
COCINA ANTROPÓFAGA
Hoy, en la asignatura de Historia de la Hechicería, el preceptor Paul Molina nos ha explicado curiosas anécdotas de la Segunda Guerra Mundial, cuando la hechicería alcanzó su máximo exponente en Erik Hanussen. Anécdotas que nos han dejado perplejos y con las nalgas pegadas a las sillas de los pupitres (nunca mejor dicho).
Contaba el preceptor Molina, altanero y vehemente, como es tan característico en él, que las tropas de los ejércitos enfrentados en el sitio de Stalingrado tuvieron que recurrir a la antropofagia para sobrevivir, sin importarles si las macabras viandas pertenecían a un mismo bando o al contrario. Pero no acababa todo ahí. Al parecer, las partes que estos gourmets del cuerpo humano solían escoger para mitigar el hambre acostumbraban a ser las nalgas de los caídos en combate. En efecto, en un alarde de temperación o de simple instinto de supervivencia, los soldados que todavía conservaban el aliento, se comían los culos de los camaradas o enemigos que fallecían congelados por obra y gracia del general Invierno.
Parece ser que la carne de las posaderas es muy fácil de cortar y preparar, además de tener enormes propiedades nutritivas. Así que todos nos hemos preguntado si seríamos capaces de alimentarnos del culo de nuestro prójimo a fin de evitar la inanición. Según Paul Molina, tarde o temprano deberemos ser capaces de eso y de mucho más, o difícilmente nos graduaremos en hechiería laica.
Por la noche, en las consolas, han emitido Hannibal. Una elección nada fortuita, pues al término del filme, Anthony Hopkins le ofrecía a un jovenzuelo un pedazo de cerebelo: Chico, ¿no te han enseñado que hay que probar cosas nuevas?
Frívolo a condición de no ser superficial
Hoy en la asignatura de Temperación, la anciana Madame Petzenick nos ha impartido una lección que muchos deberían aplicar a su modo de conducirse por el mundo.
La gente no solamente suele confundir la seriedad con el aburrimiento, desdeña la carcajada como si de una enfermedad venérea se tratara (me recuerda esto al argumento de El nombre de la rosa, de Umberto Eco) o impone un pátina de respeto sacerdotal a toda afirmación, aunque ésta posea la profundidad de un episodio de Barrio Sésamo. De igual modo, es común criticar la frivolidad, sobretodo por aquéllos que se reputan como personas graves y trascendentes.
Sin embargo, Madame Petzenick nos ha sacado de la confusión que existe entre frivolidad y superficialidad. Frívolo es aquél que es conciente de que existen asuntos serios (aunque escasísimos), aunque sabe que la mayoría de las cosas no son tan importantes y las contempla desde una atalaya de ironía y condescendencia –nos decía-. El superficial, sin embargo, es incapaz de discernir entre lo importante y lo baladí, no posee ni sentido del humor ni inteligencia, se cree profundo pero no es más que un tarugo, un estólido que quiere dárselas de intelectual.
En clase empezamos a creer que los apolillados intelectuales con corbata y frunce en el entrecejo son de peor calaña que los gregarios que carecen de opinión (o cuya opinión se limita a un puñado de tópicos, prejuicios e ideas incompletas cazadas casualmente de algún medio público).
¡Viva la frivolidad!
Una nueva jornada en la Escuela de Hechicería
Hoy nos han despertado a las 7 de la mañana con música clásica de Gustav Holst, con su grandiosa suite orquestal The Planets, en la que cada movimiento describe las características que la astrología griega otorgaba a cada uno de los planetas del sistema solar.
Hoy tocaba Marte.
Y mientras nos enfundábamos nuestros monos blancos para asistir a clase, a mi compañero de habitación y a mí nos sorprendió que una composición de principios de siglo como aquélla tuviera tantas similitudes con bandas sonoras épicas contemporáneas. De hecho, en la OST de Star Wars de John Williams podría incluirse un corte suplementario y apócrifo con este Marte y a nadie le chirriaría el añadido.
No hemos podido disfrutar demasiado de la larga sinfonía orquestal, pues a las 7:30 AM debíamos acudir a la asignatura de Cinesiología, del preceptor Zhi Wang-Mei. Mientras practicábamos ejercicios de control corporal y desentumecíamos los músculos en la sala de entrenamientos, han emitido composiciones mucho más adrenalínicas para derribar nuestra apatía matutina. Cuerpos blandos deber convertirse en roca, nos insistía el Wang-Mei con síntesis farmacéutica, dejad que notas musicales obren como catalizadores.
Ahora nos hierven los músculos en esta media hora de descanso, en la que hemos aprovechado para subir este post mientras desayunamos. Estamos sentados junto a una ventana que da a los picos alpinos de Ramingstein, Austria. Está nevado afuera, el paisaje es idílico. Sin embargo, no podemos entretenernos mucho más, a las 10:00 AM comienza otra clase.
En el hilo musical del refectorio suena una canción navideña tirolesa.
¡Respéteme, que yo le he respetado a usted!
Hemos reparado en este proliferante (y alarmante) reclamo por parte de la gente que aparece en los medios públicos y, por ende, en el ciudadano de a pie. ¡Respéteme! Y también resulta curioso que cuanto más respeto exige un hablante más garrulo suele ser su discurso.
Ya el preceptor Cosmin Targo Sobievsky, de la asignatura de Encantamientos y Control de Hilos, nos advirtió de este terrible e injusto trueque dialéctico. Porque la mayoría de gente confunde el respeto con la aceptación mansa de sus ideas.
Últimamente asistimos atónitos a la exigencia de cada vez un mayor número de estólidos de respetar a todo el mundo, de respetar todas las opiniones y posturas. Pero ¿ellos respetarían a un nazi que alienta públicamente el genocidio del pueblo judío?, nos señaló el preceptor Sobievsky.
Si alguien dice una barbaridad, debemos, al menos, escucharla. Sin embargo, si consideramos que determinada postura es una barbaridad, tenemos todo el derecho (y el deber) de manifestarlo así. Podemos criticar, podemos mofarnos, podemos recriminar, podemos distanciarnos, podemos desacreditar. Podemos hacer todo eso porque nada de eso se puede traducir en una falta de respeto hacia el individuo que profiere la barbaridad, si acaso la falta de respeto se dirige hacia la misma barbaridad.
Hasta que no empezamos a asistir a la alambicada asignatura de Encantamientos y Control de Hilos, nunca nos habíamos dado cuenta de semejante disparate. Ahora ya estamos en la posición de avisar (para que sirva como precedente a los futuros comentarios de nuestros posts) que aceptaremos cualquier comentario, desde el más estulto hasta el más erudito, pero que no respetaremos ni asumiremos más que aquéllos que merezcan nuestro respeto.
Como muestra de comentario que no respetaremos, un botón: ¡Menuda mierda de blog, iros al monte a cagá! (paradigma de crítica sin forma ni contenido, no muy alejada de muchas otras con ostentosa forma pero similar peso específico en el contenido).
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